¿Por qué los tatuajes "enganchan"? La explicación está en tu cerebro, no en la tinta

Es una frase que se escucha constantemente en cualquier estudio de tatuajes.

"Empiezas con uno y ya no puedes parar."

Aunque normalmente se dice entre risas, muchas personas que llevan varios tatuajes reconocen que, después del primero, comenzaron a pensar en el siguiente casi sin darse cuenta. Pero... ¿por qué ocurre esto? ¿Realmente los tatuajes "enganchan"?

La respuesta corta es sí... y no.

No existe una adicción al tatuaje en el sentido médico de la palabra. No hay ninguna sustancia que genere dependencia como ocurre con el tabaco, el alcohol o determinadas drogas. Sin embargo, durante una sesión de tatuaje se producen una serie de reacciones en nuestro organismo que hacen que la experiencia pueda resultar sorprendentemente gratificante y que muchas personas quieran repetirla.

En otras palabras: lo que "engancha" no es la tinta, sino la combinación de emociones, química cerebral y satisfacción personal que acompaña a toda la experiencia.

Todo empieza con el dolor

Un tatuaje consiste en realizar miles de pequeñas perforaciones en la piel para depositar el pigmento en la dermis. Desde el punto de vista del organismo, eso supone una lesión controlada.

En cuanto las agujas comienzan a trabajar, el cerebro recibe una enorme cantidad de señales de dolor. Y es precisamente ahí donde empieza a ocurrir algo muy interesante.

Lejos de quedarse de brazos cruzados, el cuerpo activa varios mecanismos destinados a protegernos y ayudarnos a soportar esa situación.

Las endorfinas: el analgésico natural del cuerpo

Uno de los primeros protagonistas son las endorfinas.

Estas sustancias son producidas de forma natural por nuestro organismo y actúan como un potente analgésico. Su función es disminuir la percepción del dolor y generar una sensación de bienestar.

Es el mismo mecanismo que puede aparecer después de realizar ejercicio intenso, completar una carrera o practicar un deporte especialmente exigente.

Muchas personas cuentan que, tras los primeros minutos de tatuaje, el dolor deja de ser tan intenso como esperaban. No es que las agujas hayan cambiado ni que la piel se vuelva insensible. Es el propio organismo el que está haciendo su trabajo.

La dopamina también tiene mucho que decir

Mientras el cuerpo libera endorfinas, el cerebro también pone en marcha parte de su sistema de recompensa.

Aquí aparece la dopamina, un neurotransmisor relacionado con la motivación, el aprendizaje y la sensación de satisfacción cuando conseguimos algo importante para nosotros.

Existe la creencia de que la dopamina es "la hormona de la felicidad", pero la realidad es bastante más compleja. Su función principal consiste en reforzar aquellas experiencias que el cerebro considera valiosas para que, en el futuro, tengamos ganas de repetirlas.

Durante un tatuaje intervienen muchos factores que favorecen esa respuesta: la ilusión por el diseño, la emoción de ver cómo cobra vida, la satisfacción de superar una experiencia que imponía respeto y, finalmente, la alegría de contemplar el resultado terminado.

Todo ello contribuye a que el recuerdo de la sesión quede asociado a emociones positivas.

El miedo también forma parte del proceso

Antes de comenzar un tatuaje es completamente normal sentir nervios.

En esos primeros momentos el organismo libera adrenalina y cortisol, dos sustancias relacionadas con la respuesta al estrés. El corazón se acelera ligeramente, aumenta el estado de alerta y todo nuestro cuerpo se prepara para afrontar una situación desconocida.

Sin embargo, al cabo de unos minutos sucede algo curioso.

El cerebro comprueba que, aunque existe dolor, no nos encontramos ante un peligro real. Poco a poco la tensión disminuye, la respiración se normaliza y muchas personas empiezan a relajarse.

Es habitual escuchar frases como:

"Pensaba que iba a doler muchísimo más."

O incluso:

"Ahora entiendo por qué la gente repite."

¿Por qué algunas personas casi se quedan dormidas?

Parece difícil de creer, pero ocurre más veces de las que imaginamos.

Después de una hora o dos de sesión, algunos clientes llegan a relajarse tanto que prácticamente se quedan dormidos.

La explicación no está en que el tatuaje produzca sueño, sino en la respuesta del organismo.

Tras la descarga inicial de adrenalina, el cuerpo se acostumbra al estímulo constante de las agujas. Las endorfinas siguen ayudando a controlar el dolor, la persona permanece sentada o tumbada durante mucho tiempo y el zumbido repetitivo de la máquina termina formando parte del ambiente.

Todo ello favorece un estado de relajación que sorprende especialmente a quienes acuden por primera vez.

Muchos tatuadores han visto alguna vez cómo un cliente comienza la sesión muy nervioso y, un rato después, habla cada vez más despacio o incluso da alguna pequeña cabezada durante una pausa.

El cerebro aprende muy rápido

Otro aspecto interesante es que nuestro cerebro se adapta sorprendentemente bien a los estímulos repetitivos.

Un pinchazo inesperado suele resultar más molesto que un dolor constante cuyo ritmo ya conocemos.

Por eso muchas personas describen que los primeros minutos son los peores y que, pasado ese tiempo, "el cuerpo se acostumbra".

El dolor sigue existiendo, pero el cerebro deja de prestarle la misma atención que al principio.

No todo es química

Aunque las endorfinas, la dopamina y otras sustancias tienen un papel importante, reducir toda la experiencia a una cuestión química sería quedarse muy corto.

Los tatuajes suelen tener un fuerte componente emocional.

Pueden recordar a una persona importante, representar una etapa de la vida, celebrar un logro o simplemente convertirse en una obra de arte que alguien llevaba años imaginando sobre su piel.

Cada vez que esa persona observa el tatuaje revive parte de esas emociones, reforzando todavía más el vínculo con aquella experiencia.

La satisfacción de superar un reto

Hay un aspecto del que se habla bastante menos y que probablemente tenga más importancia de la que pensamos.

Muchas personas llegan a su primer tatuaje convencidas de que no van a soportar el dolor.

Sin embargo, cuando la sesión termina descubren que eran capaces de aguantar mucho más de lo que imaginaban.

Esa sensación de haber superado un reto genera una satisfacción personal muy intensa que también queda asociada al tatuaje.

No es raro que alguien salga del estudio pensando en nuevos proyectos que unas horas antes ni siquiera se había planteado.

No todo el mundo quiere repetir

Por supuesto, no todo el mundo vive la experiencia de la misma manera.

Hay personas que se hacen un tatuaje, quedan encantadas con el resultado y nunca vuelven a hacerse otro. Y no hay nada extraño en ello. Que nuestro cerebro pueda asociar la experiencia con sensaciones positivas no significa que todo el mundo vaya a querer repetirla.

También influyen la personalidad, la tolerancia al dolor, las expectativas y, por supuesto, las circunstancias que rodean a cada tatuaje.

Lo que para una persona es una experiencia que quiere repetir, para otra puede ser simplemente algo que quería hacer una vez en su vida y con lo que queda completamente satisfecha.

El segundo tatuaje ya no da tanto miedo

Hay algo que resulta especialmente curioso cuando se compara el primer tatuaje con los siguientes.

Para muchas personas, el primero da bastante más miedo que el segundo. Y no necesariamente porque el segundo duela menos, sino porque ya sabemos qué vamos a encontrarnos.

Antes del primer tatuaje existe una gran cantidad de incertidumbre. ¿Cuánto va a doler? ¿Seré capaz de aguantarlo? ¿Cuánto tiempo estaré así? ¿Será realmente como me han contado?

Después de haber pasado por la primera experiencia, muchas de esas preguntas desaparecen.

El cerebro ya tiene información real con la que trabajar y puede anticipar lo que va a suceder. La sensación deja de ser completamente desconocida y, con ella, también disminuye buena parte de la tensión previa.

Hace unos años Camelia me dijo una frase que resume perfectamente esta parte de la experiencia:

"Lo que más duele es el desconocimiento."

Y probablemente tenga bastante razón. En muchos casos, el verdadero enemigo del primer tatuaje no es tanto el dolor como la incertidumbre.

Por eso, en muchos casos, el verdadero enemigo del primer tatuaje no es tanto el dolor como la incertidumbre.

Entonces... ¿los tatuajes realmente enganchan?

Si hablamos de una adicción médica, la respuesta es no.

Pero si utilizamos la palabra "enganchar" en el sentido coloquial, es fácil entender por qué tantas personas vuelven una y otra vez al estudio.

Un tatuaje reúne emociones, ilusión, arte, superación personal y una compleja respuesta del organismo frente al dolor.

Las endorfinas ayudan a soportar la sesión, la dopamina participa en el sistema de recompensa, la adrenalina prepara al cuerpo para afrontar el momento y, cuando todo termina, aparece una mezcla de alivio, orgullo y satisfacción difícil de describir.

Quizá no sea el dolor lo que muchas personas quieren repetir.

Probablemente sea esa combinación de sensaciones, recuerdos y emociones que convierte cada tatuaje en una experiencia mucho más profunda de lo que parece desde fuera.

Y quizá por eso, en casi todos los estudios de tatuaje sigue escuchándose la misma frase una y otra vez:

"Solo iba a hacerme uno."

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